
📖 El periódico que me eligió a mí
Todavía tengo esa imagen grabada como si hubiera sido ayer. No era más que un muchacho de secundaria cuando crucé por primera vez las puertas de la UASD y llegué al local de la Federación de Estudiantes Dominicanos. Allí, en una esquina, amontonados unos sobre otros, como si alguien los hubiera olvidado —o como si estuvieran esperando justamente por mí— estaban los ejemplares de El Universitario. Sus páginas tenían ese olor especial a tinta fresca y papel recién salido de la imprenta. No sé explicar por qué, pero en ese momento supe que algo importante acababa de pasarme.
Mucho después entendí lo que era: aquel periódico no era un simple boletín. Era el corazón de la Escuela de Comunicación Social; nuestro taller y campo de pruebas. Allí aprendimos que el periodismo no se aprende leyendo manuales sentados en una silla: se aprende escribiendo, equivocándose, borrando y volviendo a empezar. En sus páginas dimos nuestros primeros pasos con la crónica, el reportaje, la semblanza e incluso el obituario: géneros que sirven para poner palabras a lo que nos pasa y dar rostro a lo que vive la gente.
Cuando entré como estudiante de periodismo, ya conocía cada rincón de aquel ambiente. Primero estaba el mimeógrafo, el que nos acompañó años antes de que llegaran las fotocopiadoras. Nunca olvidaré su olor, fuerte y dulzón a la vez, ni esa tinta morada que se nos quedaba en las uñas y en las manos durante días. Luego estaban el café negro y caliente de las esquinas, el ruido de las voces que se cruzaban sin parar y el paso rápido de quienes iban a una asamblea, salían a buscar noticias o se quedaban horas sentados en el césped discutiendo.
Discutíamos de todo: de lo que ocurría en nuestro barrio, en el país, en América Latina y el Caribe. Leíamos Diez días que conmovieron al mundo, de John Reed, y sentíamos que también estábamos viviendo nuestra propia historia. Leíamos Periodismo y lucha de clases, de Camilo Taufic, y entendíamos que no hay forma de contar la realidad sin asumir un lado, una postura y una decisión de estar junto a quienes sufren.
Pero no todo eran libros y debates. Salíamos a la calle a reclamar lo que es nuestro: el derecho a decir lo que pensamos, a caminar por donde queramos y a tener ideas propias sin que nadie nos las prohíba. Muchas veces nos encontramos con la Policía, con el miedo y con la fuerza que pretendía callarnos. También hubo heridas que nunca cerrarán: la desaparición del profesor Narciso González, de quien hasta hoy nadie nos ha dicho dónde está; el asesinato del periodista Orlando Martínez y su hermano, a pocos metros de aquí, en la zona universitaria; y la pérdida de compañeros de nuestra misma carrera durante aquellos años difíciles. Esas ausencias también nos enseñaron qué es el periodismo: una forma de honrar la verdad, incluso cuando duele.
Al final de mis estudios intentaron volver a publicar El Universitario, pero ya no era el mismo. Ya no lo hacíamos nosotros. Se convirtió en algo muy formal y administrativo, asunto de oficinas y no de estudiantes. Yo era el único becario que quedaba de la carrera allí; el resto de mis compañeros ya no tenía espacio para escribir, probar y aprender como se hace de verdad. Poco después, el nombre pasó a otra dirección y la escuela se quedó sin su taller.
Ahora se construyó un nuevo laboratorio moderno. Espero de todo corazón que sea verdad, que pronto abra sus puertas y que los jóvenes que vienen detrás tengan la misma oportunidad que tuvimos nosotros y que tuvieron quienes fundaron aquel periódico antes que nosotros. De allí salieron grandes profesionales como Robert Vargas, quien después creó Ciudad Oriental y sigue vivo en su obra, aunque ya no esté. Y yo también: aquí estoy, haciendo Ciudad del Norte, recogiendo lo que aprendí entre tinta morada y discusiones interminables.
Me gradué, sí, pero nunca me fui. Sigo aquí, en esta misma Escuela de Comunicación Social de la UASD, donde se forman los periodistas que necesita este país. El viejo El Universitario ya no existe como lo conocimos, pero lo que nos enseñó —que la palabra sirve al pueblo, que la verdad no se negocia y que la libertad se construye cada día— sigue aquí, caminando conmigo.