
La familia Buitre y el comedor común
En un valle fértil vivían muchas familias que, con esfuerzo y acuerdo, habían construido un gran comedor comunal. Cada cual aportaba lo suyo: unos traían grano, otros leña, otros cuidaban el fuego. Las normas eran sencillas y las conocía todo el mundo: los puestos de responsabilidad se ganaban con trabajo y se repartían entre quienes demostraban servir al bien común. Nadie podía ocupar dos sillas a la vez, y quien cocinaba para todos no podía servirse primero.
Pero un día llegó al valle la familia Buitre. Llegaron sonrientes, ofreciendo plumas para adornar el comedor y canciones para amenizar las comidas. «Solo queremos ayudar», dijeron. Y los vecinos, confiados, les abrieron la puerta.
Pronto la familia Buitre comenzó a picotear aquí y allá. Primero, uno de ellos se ofreció a llevar las cuentas del grano. «Es un trabajo pesado —dijo—, dejadme a mí». Después, otro se sentó en la silla del que organizaba los turnos de cocina, alegando que el anterior «descansaba demasiado». Luego, una tercera buitre ocupó el puesto de quien repartía el agua, y una cuarta se nombró a sí misma guardiana de la leña.
Las normas del comedor prohibían expresamente todo aquello: nadie podía ocupar un puesto sin ser elegido, nadie podía acumular dos responsabilidades, y ningún puesto podía heredarse ni arrebatarse. Pero la familia Buitre había aprendido un truco: hacerlo todo despacio, con una sonrisa, y llamar «reorganización» a lo que en realidad era un saqueo.
Pero «alguien mejor» nunca llegaba, porque la familia Buitre se encargaba de que no llegara. A quien protestaba, lo llamaban envidioso. A quien pedía explicaciones, lo acusaban de querer dividir el valle. Y a quien se atrevía a leer las normas en voz alta, lo miraban con lástima, como si hablara una lengua muerta.
Los puestos que correspondían a otros fueron cayendo uno tras otro. La familia del panadero perdió el horno. La del hortelano perdió la huerta. La del médico perdió el botiquín. Y cada vez que alguien reclamaba lo suyo, la familia Buitre respondía con la misma frase:
—¿No ves que lo hacemos por el bien de todos?
Pero el comedor ya no era de todos. Las mejores raciones iban a la mesa de los Buitre. Las decisiones se tomaban a puerta cerrada, entre plumas y graznidos. Y las normas, aquellas normas sencillas que todos conocían, quedaron colgadas de un clavo, amarillentas y olvidadas, mientras la familia Buitre se servía primero, segundo y tercero.
Un día, los vecinos del valle se reunieron en silencio. No gritaron ni insultaron. Simplemente descolgaron las normas del clavo, las leyeron en voz alta y, uno a uno, fueron nombrando a quienes debían ocupar cada puesto. La familia Buitre protestó, graznó y agitó las plumas. Pero esta vez nadie les sonrió. Nadie les abrió la puerta.
Y cuando quisieron llevarse las llaves del comedor, descubrieron que ya no había llaves: el comedor había vuelto a ser de todos, y lo que es de todos no tiene dueño que lo encierre.
Moraleja: Quien confunde el bien común con su propio plato acaba comiendo solo, porque las normas que todos conocen y nadie respeta terminan por devorar a quien las pisotea.