Salud

💔 ENCERRARON LAS MEDICINAS JUSTO DONDE LOS ENFERMOS VAN A BUSCAR LA VIDA

Por Redacción Ciudad del Norte

SANTO DOMINGO. — Imagínese usted: caminar lento, con el cuerpo ya cansado por la enfermedad, con el corazón latiéndole a media marcha, con la esperanza puesta en que al llegar ahí encontrará lo que le permite seguir respirando. Cientos de personas hacen ese recorrido cada día. Vienen de lejos, con lo justo en el bolsillo, con el dolor a cuestas. Porque saben que ahí, cerca del viejo y del nuevo Instituto Oncológico, han encontrado durante 41 años el alivio que no pueden pagar en ningún otro lugar.

Y hoy… llegan y encuentran las puertas cerradas.

Justo donde más duele

La farmacia Promese/Cal de la UASD no está en cualquier sitio. Está al lado del Centro Oncológico viejo y a pocos pasos del nuevo. Por allí pasan a diario, en masa, cientos de personas de escasos recursos: pacientes que luchan contra el cáncer, que salen de tratamiento débiles y con el ánimo por el suelo; personas que no tienen cómo pagar precios de farmacia privada y que han puesto su última esperanza en esos anaqueles.

Ellos vienen con la receta en la mano y el miedo en el pecho. Vienen sabiendo que esas medicinas pueden costar más de lo que ganan en meses. Y ahora, al llegar… les dicen que no. Que está cerrado. Que nadie sabe por cuánto tiempo. Que nadie les da una explicación.

Mientras las medicinas se pudren… la gente se desespera

Lo más desgarrador es esto: adentro hay de todo. Están las insulinas, los remedios para el corazón, los que controlan la presión, los que alivian el dolor de tantas enfermedades. Están ahí, guardaditas, pagadas con el dinero del pueblo. Y se quedarán ahí, quietas, sin que nadie las reciba, hasta que se venzan y se vuelvan inservibles.

Se desperdiciará la vida de los que esperaban. Se desperdiciará el esfuerzo de un país que puso esos remedios ahí para ayudar. Todo porque una decisión sin corazón, sin papel firmado y sin explicación, ha dejado fuera a quienes más sufren.

Pacientes que salen de quimioterapia, apenas con fuerzas para caminar, se detienen frente a la puerta cerrada y no entienden por qué se les niega justamente ahí, al lado de donde luchan por su vida, lo que podría aliviarles. Madres que sostienen la mano de un hijo enfermo y que ahora tendrán que volver a casa sin el remedio que le prometieron. Ancianos que llegan apoyados en su bastón y se quedan mirando el cerrojo, sin comprender por qué hoy les cierran la puerta que siempre estuvo abierta.

¿Por qué cerrar justo donde más se necesita?

Dicen las autoridades que hubo problemas de acceso. Que había obras. Pero las obras terminaron y las puertas siguen cerradas. Las razones se cayeron… y el cerrojo sigue firme. Mientras tanto, el tiempo pasa. Y los remedios se vencen. Y los pacientes siguen viniendo, día tras día, encontrando lo mismo: una puerta cerrada y un silencio que duele más que la enfermedad.

Abran las puertas. Devuélvanles la esperanza.

Por eso hoy, con el corazón en la mano, preguntamos: ¿cómo se puede cerrar un lugar así? ¿Cómo se le pone candado a la vida de los que menos tienen y más sufren?

Abran las puertas. Devuelvan los remedios al pueblo que los necesita. No permitan que las medicinas que salvan vidas se echen a perder encerradas, mientras quienes las necesitan lloran afuera sin saber qué hacer. No les quiten la esperanza justo al lado del lugar donde están luchando por vivir.

Estos remedios tienen nombre, tienen rostro, tienen dolor. No los dejen morir encerrados. Devuélvanlos a quienes caminan kilómetros, con el cuerpo enfermo y el bolsillo vacío, buscando en ellos la única esperanza que les queda.

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